Envidia
No se apiadan de tus dificultades, sino que celebran secretamente otras caídas en la mediocridad. Cuando tu trabajo se vea justamente recompensado serán los primeros en disfrazar tu reconocimiento de mezquindad.
Tiene palomas amarillas adentro de su noble cráneo, estas palomas le circulan durmiendo en el anfiteatro de su palomar cerebelo, y luego el ibis escarlata pasea sobre su frente una ballesta ensangrentada. (Pablo Neruda)
No se apiadan de tus dificultades, sino que celebran secretamente otras caídas en la mediocridad. Cuando tu trabajo se vea justamente recompensado serán los primeros en disfrazar tu reconocimiento de mezquindad.
... salvo los domingos por la tarde. No se por qué han acumulado los programas que me parecen interesantes ese día, a esas horas y en la 2.
¿Por qué no la iba a querer? Claramente estaba hecha para mí: nos conocimos en la facultad con apenas dieciocho años. Ambos éramos alumnos sobresalientes de economía y ambos teníamos el mismo objetivo: encontrar un buen puesto como contables en una empresa importante. Todo había sido meridianamente claro desde el principio: primero salimos con más amigos, nos cruzábamos miradas, ella se hacía la avergonzada y yo poco a poco me acercaba más a ella. Después comenzamos a salir solos, íbamos al cine, hacíamos escapadas románticas y nos fuimos conociendo, o más bien confirmamos que ya desde el principio habíamos sido capaces de anticipar como era el otro. Poco a poco la relación se fue afianzando, mi madre la adora, su padre me respeta y nuestra boda fue un acontecimiento que todos nuestros amigos recuerdan e incluso, por qué no decirlo, envidian. Finalmente ambos alcanzamos nuestra meta y ahora trabajamos en dos grandes multinacionales, vivimos en un apartamento espacioso a las afueras y cada uno tiene su propio coche con el que se desplaza al trabajo. Prácticamente pasamos el día en el despacho, por la noche, mientras ella pica a conciencia zanahorias para su ensalada y yo sirvo vino en las copas, charlamos acerca de subidas y bajadas de precios, beneficios y datos bursátiles. A veces ella se sienta en mis piernas y eso significa que habrá sexo esa noche. Todo está claro, no hay resquicio de duda en nuestra relación, tal y como hago con los gastos de la empresa: optimizo. Mi vida parece estar optimizada, perfectamente planeada, como si todo hubiese estado perfectamente planeado, al igual que las citas de la agenda de mi mujer. Los momentos de excitación, la calma, las pelas, los mimos, todo se da en su justa medida, dando como resultado el pleno equilibrio: la armonía de la pareja perfecta. Claramente está hecha para mí. ¿Por qué no la iba a querer?.
Un destello amarillo me distrajo de mis pensamientos. Reflejado en el cristal había visto el coche de juguete de un niño que estaba sentado a mi espalda, en la fila derecha. Sentada junto a él, su madre sostenía un bebé que dormía plácidamente chupándose un pulgar. Enfrente de ellos, una adolescente rubia escuchaba música con unos auriculares y de vez en cuando simulaba tocar la batería en el aire mientras cerraba los ojos y se mordía el labio inferior. No me había fijado hasta entonces en los que eran mis compañeros de viaje. Volví ligeramente la cabeza para observar a mi izquierda. Con el respaldo de su asiento pegado a mi barra, había una mujer que rondaría mi misma edad. De tan cerca como estaba, no podía verle la cara. Desde arriba sólo podía contemplar su peinado, perfectamente recogido, con cada cabello en su sitio, y la agenda que sostenía en sus piernas. Con una letra absolutamente pulcra, tenía apuntados todos los eventos del día. Por el lateral, asomaban marcas y banderas de colores, con los que tenía catalogados todos sus compromisos. Pensé instantáneamente en mi mujer, con esa misma manía de tener el mundo bajo control en sus diminutas libretas: el trabajo en su agenda, el pensamiento en su diario. En ese momento, y por primera vez, me asaltó la duda de si realmente la quería.
Justo cuando la lluvia empezaba a intensificarse hasta el punto en que no puedes dar dos pasos sin calarte hasta los huesos, y justo cuando pasaba por su parada, se ha acercado el trolebús número 12. Parecía como si hubiera aparecido allí para mí, y por eso, aunque hacía tiempo que no usaba este medio de transporte, sentí el irrefrenable impulso de subirme. Aquel era uno de los coches más antiguos. Tenía dos filas de dos asientos, algunos enfrentados, y un pasillo estrecho con barras horizontales donde asirse. En el flanco izquierdo, había tres puertas donde el pasillo se ensanchaba y que estaban rodeadas de barras verticales. No me gustan los trolebuses, sus horarios son malos, las conexiones peores, y me incomodan sobremanera los espacios reducidos y abarrotados. Aún me preguntaba qué me había impulsado a subirme en aquél, además para llegar a mi destino iba a tener que realizar todo su recorrido. Como era de esperar, no pude encontrar dónde sentarme, así que me agarré a la barra que había junto a la primera puerta de salida. Reflejado en el oscuro cristal de la puerta, me veía más viejo y más cansado. Hacía tiempo que la rutina y el trabajo no me habían permitido mirarme detenidamente a un espejo ¿cómo había llegado a ser aquel hombre gris con traje y corbata?.
He leído el experimento de Max Extrella, y la historia me ha capturado. Animo a todo el mundo a ser partícipes del mismo en: